
No descubro nada nuevo si afirmo que El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, es un libro que merece la pena leerse. Quien más, quien menos sabe de qué va la historia y ha visto el dibujo de la serpiente que parece un sombrero pero que, en realidad, tiene esa forma porque se ha comido un elefante. Pero me da la sensación de que puede ocurrirle lo que al Quijote, que casi todo el mundo lo tiene en casa, pero pocos se lo han leído de principio a fin, y sólo unos cuantos elegidos le han sabido sacar todo el jugo.
Y quizá pienso eso porque, hasta hace unos días, yo estaba entre los que no se lo habían leído de principio a fin. Y sé que es algo inexcusable porque, a diferencia del libro del ingenioso hidalgo, éste no llega al centenar de páginas.
Así que ahora me dispongo a saldar esa deuda que tenía conmigo mismo tratando de exprimir parte del jugo que contiene esta pequeña joya de la literatura.
Muchos califican el libro como un canto a la amistad, pero a mí me ha llamado mucho más la atención la reflexión sobre la pérdida de los valores de la infancia. De hecho, ya en la dedicatoria, de la que, por cierto, se puede deducir que el autor piensa que es un libro para niños (algo con lo que yo no estoy totalmente de acuerdo), puede leerse:
Todas las personas mayores han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan).
En el primer capítulo, donde se plantea el juego de los dibujos de la boa que “las personas mayoras no entienden”, creo que el autor plantea el objetivo del resto del libro:
Las personas mayores nunca comprenden nada por sí solas y es cansador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones.
Y, así, en los capítulos que siguen, un niño de seis años convertido en piloto y, sobre todo, un principito proveniente del asteroide imaginario B-612 tratan de explicarles a las personas mayores lo que se han perdido por convertirse en eso precisamente: en “personas mayores”.
Las personas mayores obviamos lo esencial y nos dejamos guiar por las apariencias
La primera crítica feroz que recibimos las personas mayores está en el cuarto capítulo, cuando el piloto explica que el astrónomo turco que descubrió el asteroide B-612 no consiguió el crédito de su audiencia hasta que no cambió su atuendo por uno al estilo europeo.
Nadie le creyó por culpa de su vestido. Las personas mayores son así.
También en ese capítulo se dice que las personas mayores amamos las cifras y no preguntamos por lo esencial. Cuando un hijo nuestro conoce a un nuevo amigo, en lugar de preguntarle por el timbre de su voz, preguntamos por su edad; y en vez de averiguar si colecciona mariposas, interrogamos sobre lo que gana su padre.
Las personas mayores somos autoritarias, sobre todo con los niños, y siempre pensamos que nuestras órdenes son razonables
Tras una serie de capítulos que describen la vida del principito en su asteroide llegamos al que es, sin duda, mi favorito: el décimo, en el que el principito visita el planeta del rey.
Es un pasaje divertídisimo en el que el principito entra en el juego extraño del monarca, quien gusta mandar y ser obedecido y, por eso, intenta dar órdenes razonables cuando las condiciones son favorables.
“Si ordeno -decía corrientemente-, si ordeno a un general que se transforme en ave marina y si el general no obedece, no será culpa del general. Será culpa mía.”
Al comprobar que el rey gobierna sobre todo el universo, el principito pide que ordene una puesta de sol y el monarca explica de nuevo que, ante todo, hay que dar órdenes razonables. La autoridad, explica, reposa en primer término sobre la razón. Así pues, concluye que ordenará la puesta de sol cuando las condiciones sean favorables, es decir, a eso de las siete y cuarenta, la hora en la que ese día el sol se pondrá naturalmente.
Las personas mayores somos vanidosas
En el siguiente capítulo, el principito visita un planeta habitado por un vanidoso cuyo único objetivo es ser el foco de admiración de los demás.
-¿Qué significa admirar?
-Admirar significa reconocer que soy el hombre más hermoso, mejor vestido, más rico y más inteligente del planeta.
-¡Pero si eres la única persona en el planeta!
-¡Hazme el placer! ¡Admírame lo mismo!
-Te admiro -dijo el principito, encogiéndose de hombros-. Pero, ¿por qué puede interesarte que te admire?
La vida de las personas mayores, a veces, parece un chiste
Y un chiste es lo que parece el siguiente capítulo, en el que el principito visita el planeta de un bebedor que bebe para olvidar la vergüenza que siente por beber.
Y el principito se alejó, perplejo.
Las personas mayores son decididamente muy pero muy extrañas, se decía a sí mismo durante el viaje.
Las personas mayores nos empeñamos en poseer cosas sin valor y lo consideramos algo muy serio
El cuarto planeta en este viaje extraño del principito está habitado por un hombre de negocios muy serio que se pasaba los días contando sus posesiones. Decía que tenía quinientos un millones seiscientos veintidós mil setencientas treinta y una estrellas.
-¿Y qué haces con esas estrellas?
-¿Qué hago?
-Sí.
-Nada. Las poseo.
-¿Posees las estrellas?
-Sí.
-¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y para qué te sirve ser rico?
-Para comprar otras estrellas, si alguien las encuentra.
[…]
-Yo -dijo el principito-, poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. […] Es útil para mis volcanes y es útil para mi flor que yo los posea. Pero tú no eres útil a las estrellas…
Las personas mayores no podemos estar solas, pero toleramos con estoicismo nuestra soledad

En los planetas quinto y sexto vivían un farolero y un geógrafo. Ambos vivían desdichados por su soledad. El primero, por tener que encender el farol con la puesta del sol, apagarlo en la mañana y durar los días de su planeta tan sólo un minuto. El segundo por estar esperando descripciones geográficas de territorios nuevos por parte de unos supuestos exploradores que nunca se presentaban.
Después, el principito viaja a la Tierra, en donde sus habitantes no estamos solos pero a veces es como si lo pareciera, y reflexiona sobre las relaciones humanas y el valor de la amistad.
Y, al final, el principito regresa a su planeta atendiendo a su sentido de la responsabilidad, puesto que allí dejó, desatendidos en su ausencia, a su rosa y sus tres volcanes. Esto para mí, es el símbolo del paso de la niñez a la edad adulta. El principito deja de comportarse como un niño cuando le invade el sentido de la responsabilidad.
Y quizá sea esa responsabilidad, ese sentido del deber, la causa de que las personas mayores seamos como somos. Pero debemos estar atentos por si, algún dia, caminando por el desierto de nuestras vidas, el principito regresa…
Si un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro y no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto…

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